Durante el siglo XXI, la tecnología ha evolucionado de forma vertiginosa, llegando a impactar todas las áreas del desarrollo social y científico de la humanidad. La aparición de dispositivos cada vez más accesibles, prácticos y conectados ha transformado los hábitos de interacción, aprendizaje y acceso al conocimiento, obligando a personas e instituciones a adaptarse a nuevas dinámicas: en especial, en esferas sociales y educativas.
Las generaciones que vivieron el tránsito al nuevo milenio han sido testigos directos de estos cambios, que hoy configuran una realidad en la que niños y adolescentes crecen en entornos digitales.
Tecnología, interacción social y desarrollo del lenguaje
Como profesión dedicada al estudio de la comunicación humana, la fonoaudiología reconoce la importancia de la interacción social para el desarrollo del lenguaje y el aprendizaje en todas las áreas del conocimiento. En este sentido, es innegable que la tecnología ha ampliado las posibilidades de conexión, permitiendo el acceso a comunidades, redes y grupos de interés sin distinción de la ubicación geográfica, la edad o el contexto social de los usuarios.
En un plano positivo, las nuevas formas de interacción han transformado la manera en que se construyen relaciones, se comparte información y se aprende. Sin embargo, también han traído interrogantes relevantes sobre sus efectos en el desarrollo comunicativo, en especial en las etapas de la niñez y la adolescencia.
¿Las pantallas facilitan o limitan el desarrollo comunicativo?
Autores como Lev Vygotsky destacaron desde hace décadas el papel fundamental de la interacción social para el desarrollo del lenguaje y el aprendizaje. A la luz de estos planteamientos, cabría preguntarse si las redes sociales y los dispositivos electrónicos están facilitando o limitando el desarrollo comunicativo de niños, niñas y adolescentes. La interacción social que apoya y potencia la adquisición y desarrollo de habilidades se da inicialmente en el hogar, lugar que también aporta a la construcción emocional. No obstante, estudios recientes han mostrado que el tiempo dedicado a la tecnología y las redes sociales continúa en aumento, lo cual modifica de forma significativa las dinámicas en casa.
Uso de dispositivos electrónicos y salud mental
Según el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (2010), en Colombia el 52% de la población utiliza diariamente Internet por un promedio de tres horas, mientras que los adolescentes registran un porcentaje de uso del 98%. Esto evidencia una reducción progresiva de espacios de interacción directa dentro del núcleo familiar.
Paradójicamente, las redes sociales prometen mayor conexión, pero resultan en la ausencia de un contacto humano directo – verbal y no verbal-, lo cual ha generado alertas sobre el impacto en la salud mental de los jóvenes, a causa de los sentimientos de soledad y abandono que despierta en ese grupo demográfico.
La pandemia y la intensificación del uso de pantallas
La pandemia del COVID-19 profundizó estas dinámicas. El confinamiento causó que el trabajo, la educación y las relaciones familiares se desarrollaran casi exclusivamente a través de un dispositivo. Los niños y jóvenes vieron su aprendizaje escolar mediado por una pantalla y su interacción con el entorno físico relegado a un segundo plano: menos parque, menos contacto con el exterior.
Años después, se evidencian consecuencias como retrasos en el desarrollo del lenguaje, dificultades en el aprendizaje y fragilidad emocional. El interés excesivo por las pantallas ha desplazado el valor de la interacción social directa, clave para el desarrollo del lenguaje y el aprendizaje.
Decisiones frente al uso del celular en el aula
En respuesta a esta problemática, algunos colegios de Bogotá decidieron prohibir el uso de celulares durante la jornada escolar a partir de agosto de 2024. Hasta ahora, el cambio generado ha sido notorio ya que los estudiantes han mostrado más interacción con sus compañeros y se han reducido el bullying, el ciberacoso y los problemas de convivencia escolar. Más importante aún, se han evidenciado mejoras en el rendimiento académico, propiciadas por mayores niveles de atención y aprendizaje colaborativo en el aula de clase.
A nivel del desempeño en la lectura y la escritura no han empezado ha evidenciarse progresos, pero se espera que su impacto en estas habilidades se empiece a evidenciar pronto. Otros países han ido tomando decisiones similares en busca de mejorar el desempeño social y escolar de los niños y jóvenes.
Lectura, pantallas y experiencia cognitiva
“El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”, dijo Miguel de Cervantes Saavedra, el autor de Don Quijote, sobre la afición por la lectura. Y esta expresión no ha perdido vigencia. El dilema es ahora ¿cómo fomentar el hábito y el gusto por la lectura? Y para ello ¿se debe aprovechar el auge de las pantallas?
Diversos estudios hablan de las ventajas de la lectura en libros físicos comparada con la lectura en pantallas. El libro impreso permite una experiencia multisensorial que capta y promueve la atención y concentración en torno al tema tratado, mejora el vocabulario y contribuye a la retención efectiva de la información, ya que se puede interactuar físicamente con el libro.
La lectura también tiene bondades en torno al sueño y la regulación de hábitos y emociones, dado que ejercita nuestro cerebro y nuestra mente. Es por esto que existe registro de consecuencias neurológicas positivas de leer regularmente.
Políticas públicas para el fomento de la lectura
En Bogotá, iniciativas como la del Programa LEO para el fomento del hábito lector (apoyado por Biblored e Idartes) están fortaleciendo el hábito lector en múltiples entornos sociales. Según la Secretaría de Educación del Distrito, este plan, proyectado hasta el 2040, pretende abrir “un camino para garantizar que la lectura y escritura sean la base de los aprendizajes esenciales en los primeros ciclos de formación, al tiempo que se fortalecen las bibliotecas escolares con el trabajo en red y la formación de mediadores y se incentivan escenarios de innovación y articulación con los distintos actores de la comunidad educativa”.
Estas políticas surgen como consecuencia de un estudio realizado en el 2021, en el cual se demostró que más del 50% de colegios distritales se encontraba en niveles mínimos e insuficientes de desempeño. Es decir, no habían desarrollado la conciencia fonológica, el principio alfabético, no comprendían un texto sencillo y no podían producir un texto corto. El panorama no era muy diferente en la educación privada.
Aunque no se estableció una correlación con el uso más frecuente de pantallas, los hallazgos invitan a reflexionar sobre el equilibrio entre tecnología y el acceso a textos escritos.
Hacia un equilibrio entre lo digital y lo físico
Las estrategias actuales combinan asignaciones presupuestales para mejorar la dotación de libros de las bibliotecas públicas y escolares, así como mejorar en la infraestructura tecnológica, pues, si bien hay múltiples ventajas de la lectura de materiales físicos, tampoco se pueden desconocer las bondades de la era digital en cuanto al acceso, la cantidad y la rapidez de la información.
El reto para todos los que trabajamos en torno a la lectura y la escritura es encontrar un balance entre del mundo físico y el digital, utilizando las ventajas de cada uno en favor del desarrollo comunicativo de los niños, niñas y jóvenes con los que interactuamos.
El fonoaudiólogo en el contexto escolar debe liderar la construcción de este puente mediando y posibilitando consensos en la comunidad educativa, con el fin de favorecer el desarrollo del lenguaje, la lectura y la escritura.
Escrito por:
Luz Elena Guzmán Navas
Fonoaudióloga, magíster en Educación y docente de la ECR







